6/9/16

Los piropos que subieron mi autoestima anciana

Ayer dos señoras de incierta edad, tal vez mayor a la mía pero muy bien preparadas para la vida elegante y de posibles, finas y esbeltas, educadas y bien atrapaciadas, me soltaron unos piropos y me sonrieron en uno de esos ejercicios en los que pocos hombres estamos preparados. Yo no. 

Creyeron que iba solo, que debía ser poeta de incierto futuro con mi fular verde sobre una camiseta ceñida negra, y me dijeron desde un velador de cafetería y en francés algo largo que no entendí mientras me sonreían y se sonreían entre ellas. Esto me ha sucedido en Francia. Donde no. País de gente con problemas de vista.

Soy sesentón y aunque para el amor no hay edad, para caer rendido sí. Bueno, ahora caemos rendidos con más facilidad que cuando éramos jóvenes, pero de cansancio, no de búsqueda. Iba con otras personas y con mi santa esposa, pero disgregados y sólo se dio cuenta del ataque una amiga y yo. Las santas francesas, claro, pensaron que era un alma solitaria y posiblemente en pena.

Me sentí mal. A mi edad uno ya no se pone rojo, pues tenemos menos sangre y hemos andado muchas veredas, pero me sentí mal por ese ejercicio de caza y pesca. ¿Era yo ya…, y por primera vez un objeto? Jodo, me dije, ¿estas señoras necesitan ir al oculista? 

Igual no, y en aquel momento estaba yo más atractivo de lo que uno se cree. No le di importancia. Pero a los minutos cambié de concepto. Me subió la autoestima y así estoy, de subida. Y con 60 tacos. Voy a ir siempre por la calle con mi fular verde y mi camiseta ceñida negra enseñando esa mierda brazos que tengo con pelillos canosos. Aunque sea invierno. Aunque ya no sea Francia.

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